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Vagando por Montreal – Misión de Reconocimiento 1 — 25 abril, 2015

Vagando por Montreal – Misión de Reconocimiento 1

A Montreal llegué en el coche de un hombre vestido con uniforme del ejército. No es que esté metida en guerrillas o en cosas por el estilo: es sólo que ha de ser militar el conductor de amigoexpress, un servicio de Car Pool que opera por todo Canadá a un costo muy accesible y que decidí probar para ahorrarme pasajes.

Mi tía Rocío me lo recomendó desde que la visité en Ottawa “para que no gastes tanto en camión” y es verdad: haciendo Car Pool, el traslado de Saguenay a Montreal me salió en unos 30 dólares canadienses incluyendo la cuota de operación que amigoexpress te carga por utilizar sus servicios. En autobús habría invertido quizás el doble.

Así que el conductor nos recoge en un Jean Couteau (una especie de Farmacia Guadalajara quebequense) a mí y a una chica que trae bolsas llenas abrigos infinitos y que resulta ser amiga de las amigas de una amiga mía. Me gustaría decir que amistamos luego de las 5 horas de viaje hasta Montreal, pero he de decir que la gente bien vestida me sigue intimidando un poco. No sé cómo hacen para vestirse tan bien aquí con tanto frío. Yo no consigo dejar de verme como un costal envuelto en suéteres de distintos estilos y colores porque mi procedencia tropical me ha impedido tener ropa de invierno capaz de hablar un mismo lenguaje.

Exagero, quizás. Apenas es octubre y no hemos bajado de los 3°C, pero ya es más frío que casi todo el frío que me había tocado conocer.

A eso de las 2 PM ya estamos en Longueuil. Esta ciudad de nombre impronunciable (¿longoi?, ¿longueüí?) se encuentra al otro lado del Río San Lorenzo y está casi conurbada con el núcleo de Montreal.

El conductor de amigoexpress nos avienta aquí como si fuéramos fardos –miento, el sujeto fue muy amable- y ahora hay que ir al hostal tomando la línea amarilla del metro hasta la estación Berri-UQAM y de ahí transbordar a la línea naranja hasta Lucien L’Allier.

Como buena obsesiva que soy, yo llevo mi mapa. O mejor dicho, ya me aprendí el mapa de memoria de tanto mirarlo y Anne Sophie, la chica de los abrigos, me guía un poco en este proceso de comprar boletos para el metro porque en mi ciudad provinciana no tenemos estas cosas tan complejas ni tan automatizadas.

Así que bien, lo primero que veo de Montreal son sus tripitas: esa red secreta de túneles que le corre por debajo con vagones cargados de personas de todos los colores y que hablan todos los idiomas.

Ésa es otras de las primeras cosas que noto: esta no es una ciudad casi monocultural como Saguenay; al contrario, esto es como me imagino que debe ser Nueva York: hay caucásicos, latinos, asiáticos, árabes y combinaciones raras. Me gusta este aire cosmopolita. Me gusta que los vagones del metro sean como las cajas de galletas de sabores surtidos.

Anne Sophie llega conmigo al hostal HI-Montreal. Resulta que va a hospedarse aquí también. Debe ser un hostal popular por aquello de que luce bonito y barato con su fachada blanca y sus ventanitas adornadas de rojo. Está limpio, la cocina está llena de vida –el desayuno está incluido– y una cama en la habitación para 8 mujeres me salió en unos 34 dólares canadienses por noche. Nada mal, si me lo preguntan.

Vista desde la ventana del Hostal
Vista desde la ventana del Hostal

Ya vi las tripas y ya vi mi hogar de los próximos tres días. Ahora toca ver la ciudad de verdad, con sus casas antiguas de tejados verdes enclavadas entre edificios altísimos y esos colores grises, pasteles y vivos que lucen como subrayados por la lluviecita que ha caído durante todo el día. Estas lluvias tímidas parecen ser una constante en este rincón del planeta durante estas épocas del año.  

El hostal está en medio del Downtown. Nada más llegar a la esquina y uno ya está en el Boulevard René-Levesque (el nombre de uno de esos tipos populares en su barrio, porque en Québec y en Saguenay también hay calles que llevan su nombre). Y de ahí, ¡vaya! ¡Qué vida se respira en esas calles!

Las calles de Montreal
Las calles de Montreal

Hay como un aliento infinito, una sensación de que uno podría quedarse aquí y perderse y no encontrarse nunca con mucho gusto. Las calles están llenas de establecimientos peculiares: comida libanesa y thai, librerías de viejo –me encuentro libros de Borges y Roberto Bolaño traducidos al francés y los hojeo para ver si suenan igual de bonito que en español-, tiendas especializadas en Halloween, tiendas de maquillaje y accesorios coreanos y cosas por ahí de raras.

También están los corredores ciclistas en la zona de Concordia University y el campus de McGill University¸ que vale la pena visitar ya sólo porque tiene castillos, jardines y un micro museo de paleontología con unos especímenes rarísimos.

McGill University
McGill University
Uno de los amigos del micro museo de paleontología de McGill
Uno de los amigos del micro museo de paleontología de McGill

En McGill, por cierto, me toca que justo hoy es la reunión del club de ñoños. Quiero decir: no se llama así, tiene un nombre mucho más apropiado (Freaky Friday) pero para efectos prácticos es un club de ñoños. Hoy proyectan El Fantasma de la Ópera en el auditorio del museo y después hablarán del efecto de las ondas sonoras sobre las ondas cerebrales o una cosa por el estilo.

Ni qué decir que la oferta cultural de la ciudad es interesantísima. Teatro, música, exposiciones, de todo me entero gracias a los múltiples folletos que descansan en el micro lobby del hostal.

Ya mañana tocará ir al Museo de Bellas Artes de Montreal. Pero por ahora me quedo con las luces de la ciudad nocturna y con ese aire como sobrenatural que se respira en sus calles lluviosas y cosmopolitas.

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